En las últimas semanas, y a partir de
declaraciones de la Presidenta atribuyendo los actuales problemas económicos de
la Argentina y, en especial, los futuros, a que “el mundo se nos cayó encima”, los
economistas cercanos al Gobierno (si tal especie existe) argumentaron que “si
cuando nos iba bien decían que era viento de cola, ahora que nos va mal, no
pueden decir que no es el mundo”.
Con el mismo criterio, podría responderles
que “si cuando nos iba bien no era el viento de cola, sino el modelo, ahora que
nos va mal, también es el modelo”.
La verdad, como casi siempre, camina por
el medio.
La Argentina de 2003 partió de un
escenario de default de la deuda pública; bajísimos salarios; alto desempleo;
gran capacidad ociosa; tipo de cambio recontra alto.
Es decir, condiciones y precios relativos
extraordinariamente favorables para la producción de exportables y de
sustitutos de importaciones.
Estas condiciones se insertaron en un
mundo que había descubierto la “cadena de la felicidad”, de la mano de un
inédito populismo financiero en los países centrales (mezcla letal entre
innovación financiera e irresponsabilidad política) y de gobiernos de la Europa
mediterránea, endeudándose sin límites, gracias a la baja de tasas y la
ampliación del crédito, consecuencia de la desaparición de sus “malas monedas”
y su reemplazo por el euro.
Todo esto acompañado de la particular
inserción de China e India al circuito de producción y consumo global.
Mientras esas condiciones se
mantuvieron, el mundo emergente creció con cierta fuerza, gracias a la suba
de los precios de los productos que vendemos.
Sin embargo, debido al populismo
vernáculo, los precios relativos a favor de los exportables y sustitutos de
importaciones se fueron deteriorando, ya desde la gestión Néstor.
Se intervino en el mercado energético,
desalentando la inversión, y la oferta con precios artificialmente bajos.
Se subsidiaron los consumos de servicios
públicos, financiando la fiesta con aumento de la presión impositiva, y luego
con emisión e inflación.
Se destruyó el mercado agropecuario,
induciendo a una mayor sojización, al intervenir en los mercados de carne, maíz
y trigo, entre otras cosas.
Se alentó un crecimiento artificial del
salario real, bien por encima de las mejoras de productividad.
Se regalaron millones de jubilaciones a
quienes no las necesitaban y se incrementaron fuertemente las jubilaciones
mínimas, agravando la crisis financiera de la Anses, que no fue mayor porque no
se ajustaron las jubilaciones de monto superior.
Aumentó el empleo público. Se destruyó el
Indec y sus estadísticas, impidiendo de esta forma una pesificación de los
ahorros con indexación, y cerrando el acceso a nuevo financiamiento público, lo
que obliga a cancelar no sólo intereses, sino también capital.
Cuando la crisis internacional y/o el
clima desplomaron los precios de la soja o las cantidades producidas, se
inventaron “fondos anticíclicos” de urgencia, expropiando los fondos de pensión
–destruyendo aún más el ahorro en pesos de largo plazo– y tomando por asalto
las reservas del Banco Central y la máquina de imprimir. (Siempre con los votos
de muchos “opositores”.)
La inflación se aceleró, y la caída del
tipo de cambio real se vio compensada, en principio, por la devaluación
del dólar y la apreciación de las monedas de los socios comerciales.
Pero el desorden macroeconómico,
finalmente, pasó la cuenta.
Faltan dólares, porque la destrucción de
oferta exportable redujo la posibilidad de financiar el crecimiento de las
importaciones, y porque la política económica expuesta dejó como única
alternativa de ahorro líquido la dolarización de portafolios.
El mundo está cambiando, es cierto, porque
el dólar ha frenado transitoriamente su devaluación, para dar espacio a la más
necesaria del euro, obligando a todas las monedas regionales a
devaluarse, lo que frena el flujo de capitales a la región.
Porque China está intentando también
cambiar su modelo.
Porque Europa está en recesión.
Pero nada de lo que se está haciendo
localmente es solución: todo se reduce a cerrar la economía, a impedir la
dolarización de los ahorros (aunque no genere más dólares) y a redistribuir los
costos del ajuste con la lógica de “amigo/enemigo”, “votante/no votante”.
En síntesis, el mundo hace lo suyo, pero
nosotros hemos hecho mucho más.
La buena noticia es que lo nuestro es
reversible.
Por Enrique Szewach.
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