Axel Kicillof es un ferviente defensor de las políticas
expansivas de la demanda, de la intervención del Estado en la economía y detesta
que se hable de "clima de inversión" como indicador de las expectativas
empresarias. Ahora que acaba de ser formalmente entronizado como supersecretario
del área - equivalente ideológico de la función que en la faz operativa cumple
Guillermo Moreno, con quien suele discrepar- deberá encontrar argumentos
concretos para explicar por qué, bajo aquellas políticas, hace tres trimestres
consecutivos la inversión privada retrocede en la Argentina y la economía cayó
en un escenario de estanflación.
Los decretos presidenciales conocidos el viernes parecen hechos a medida del
pensamiento del ascendente secretario de Política Económica. Tanto por
intervenir en empresas con participación estatal minoritaria (además de manejar
inversiones con fondos de la Anses), como por presidir la Comisión de
Planificación y Coordinación Estratégica del Plan Nacional de Inversiones
Hidrocarburíferas, un pomposo título que oculta que todos los eslabones de esa
cadena pasarán a estar extremadamente regulados. A primera vista, estas
estructuras no parecen ser un aliciente para inversiones de riesgo. Mucho menos
en el caso del petróleo, gas y refinación de combustibles, donde las compañías
estarán obligadas a registrarse y presentar desde 2012 un plan anual de
inversiones compatible con un plan nacional que todavía desconocen, lo mismo que
las políticas de precios y contratos para el sector. Tal vez esta tendencia a
poner el carro delante de los caballos -o sea, los controles antes que las
políticas- y prever sanciones de antemano, explique por qué no se concretaron
anuncios de inversiones prematuramente promocionadas. O que el Gobierno negocie
imprecisos acuerdos con Hugo Chávez para que YPF y Pdvsa trabajen en conjunto.
Más que apto para nuevas inversiones, el terreno ahora se presenta
pantanoso.
También la cancha embarrada se extiende a la macroeconomía. Hasta hace poco
más de tres años, cuando estalló la crisis global, había consenso entre
economistas ortodoxos y heterodoxos sobre la importancia de los tres pilares del
"modelo" K: los superávits fiscal y externo y un tipo de cambio real
competitivo. Ahora que éstos se desmoronaron, el debate se convirtió en un
torneo de sofismas. Incluso el propio Kicillof utilizó el argumento de sus
detractores para sostener que si la economía creció espectacularmente en el
período 2003/2011 debido al viento externo a favor, ahora que no lo hace es
porque el mundo juega en contra. Ni una cosa ni la otra. No vinieron de afuera
los controles cambiarios, las trabas a las importaciones, el déficit energético,
la expropiación confiscatoria de YPF ni las medidas unilaterales por sorpresa
que en los últimos nueve meses condujeron el crecimiento del PBI a un
lodazal.
A esto deben sumarse la permanente reivindicación que hace Cristina Kirchner
del multifacético intervencionismo estatal y la novedad de incluir en la
flamante "cadena nacional del desánimo" a todos quienes discrepan con el
diagnóstico oficial. Entre ellos, a dos ex presidentes del Banco Central
(Alfonso Prat-Gay y Martín Redrado) que contribuyeron, con enfoques ciertamente
diferentes, a la etapa del "modelo" que posibilitó el crecimiento récord del
PBI. Hasta que fueron eyectados por tratar de preservar cierta independencia del
BCRA, sepultada en los últimos dos años.
Hoy, con nueva carta orgánica, el BCRA también está empantanado: le resulta
cada vez más difícil preservar el valor del peso y a la vez promover el
crecimiento de la economía y del empleo, tras haberse consolidado como una
virtual caja extra -en dólares y pesos- para financiar los crecientes
desequilibrios del sector público. La subordinación de la "maquinita" a las
necesidades de la Casa Rosada realimenta la inflación y la brecha cambiaria que,
junto con la proliferación de controles, le restan fluidez a la actividad
económica.
Vivir de simbolismos
Mercedes Marcó del Pont ahora está empeñada en "enseñarles a prestar a los
bancos privados". Por eso los obliga a otorgar créditos a tres años de plazo y
tasa fija negativa frente a la inflación (15% anual) a empresas grandes y pymes
para proyectos de inversión. Por ahora los bancos, que deben fondear esos
préstamos con depósitos a 45 días en promedio, están apuntando a sus propios
clientes con proyectos en marcha. Pero es difícil determinar si la escasez de
inversión obedece a la falta de crédito o de confianza. Ninguna empresa está
segura de exportar más con atraso cambiario, ni de contar con más demanda
interna con el freno económico. Ni mucho menos, si Moreno o Beatriz Paglieri
autorizarán la importación de equipos que formen parte de los proyectos.
A falta de mejor gestión en estos terrenos y exceso de decisiones
absolutistas, el gobierno de CFK volverá a promocionar un logro indudable: el
desendeudamiento del sector público en moneda extranjera (a sólo 15% del PBI).
La cuenta regresiva activada por el Ministerio de Economía en su sitio web y que
culminará el 3 de agosto con la cancelación del Boden 2012 (unos 2300 millones
de dólares) tiene el valor simbólico de cerrar la etapa de corralitos y
corralones de la crisis de 2001 y 2002. Pero resulta discutible su marketinero
eslogan: "Sin deuda, somos más libres". No sólo por la imposibilidad del
Gobierno de endeudarse a tasas razonables (con riesgo país récord, hoy pagaría
tasas más altas que España o Italia); o porque la deuda pendiente con el Club de
París le impide financiar inversiones en infraestructura a tasas bajas y largo
plazo que aliviarían los presupuestos de cada año. También porque el cierre de
aquella etapa coincide ahora con un rígido cepo cambiario; una caída de casi 50%
de los depósitos en dólares en el sistema financiero (con impacto en las
reservas del BCRA) y un abundante endeudamiento en pesos del Estado con el
propio sector público. Según el economista Hernán Lacunza (ex gerente general
del BCRA), más del 50% de la participación de la deuda del sector público en los
activos del Banco está constituida por "pagadiós" del Tesoro: letras
intransferibles y adelantos transitorios.
Otro simbolismo es la emisión de los nuevos billetes conmemorativos de 100
pesos. Más allá de que en principio no pueden ser utilizados en cajeros
automáticos, resulta políticamente contradictorio que este homenaje monetario a
Eva Perón haga realidad su profecía de "volver y ser millones", pero bajo la
forma de billetes con su imagen que cada día pierden poder adquisitivo en
perjuicio de los más pobres. Incluso hubiera justificado una denominación más
alta (200 o 500 pesos), si el Gobierno admitiera -como acaba de hacerlo
tardíamente el futuro titular de la CGT oficialista- que la inflación real es
2,5 veces superior a la ficticia del Indec. De paso, esto facilitaría un más
rápido y menos costoso imprevisto reemplazo total de la línea de billetes con la
imagen de Julio A. Roca, ya sea que se impriman en la Casa de Moneda o en la
imprenta privada bendecida por Amado Boudou y contratada luego por el BCRA.
Por ahora, ni la soja con altos precios ni la perspectiva de una recuperación
de la demanda brasileña por productos argentinos alcanzan para sacar a la
confianza de esta cancha embarrada.
http://www.lanacion.com.ar/1494181-cancha-embarrada-para-la-economia
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